Francisco lloró al escuchar el testimonio de dos mártires




Tirana (Albania) (AICA): Continuando con el programa de su vista apostólica a Albania, el Santo Padre, después del encuentro interreligioso en la Universidad Católica Nuestra Señora del Buen Consejo, se desplazó a la catedral de San Pablo, para celebrar las vísperas con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y movimientos laicos. El Papa había preparado un discurso para pronunciar allí, pero después de escuchar el testimonio de un sacerdote de 83 años y de una religiosa de 85, que habían padecido la persecución comunista, se conmovió hasta las lágrimas, los abrazó y dejó el texto oficial e improvisó unas palabras.

Continuando con el programa de su vista apostólica a Albania, el Santo Padre, después del encuentro interreligioso en la Universidad Católica Nuestra Señora del Buen Consejo, se desplazó a la catedral de San Pablo, para celebrar las vísperas con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y movimientos laicos.

El templo, consagrado en 2002 tiene capacidad para 700 personas y una gran vidriera con las figuras del encuentro entre san Juan Pablo II y la beata Madre Teresa de Calcuta.


El Papa había preparado un discurso para pronunciar allí, pero después de escuchar el testimonio de un sacerdote de 83 años y de una religiosa de 85, que habían padecido la persecución comunista, se conmovió hasta las lágrimas y los abrazó.


Francisco entregó su texto oficial, al arzobispo de Tirana, monseñor Rrok Mirdita e improvisó las siguientes palabras:


“Había preparado unas palabras para decirles, y se las entregaré al arzobispo para que se las haga llegar.


Pero ahora, quisiera decirles otra cosa. Escuchamos en la Lectura: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios”.


Es el texto sobre el que la Iglesia nos invita a reflexionar en la Vísperas de hoy. En estos dos últimos meses, me preparé para esta visita leyendo la historia de la persecución en Albania. Y para mí fue una sorpresa: no sabía que su pueblo había sufrido tanto. Después, hoy, en el camino del aeropuerto a la plaza, todas esas fotografías de los mártires: se nota que este pueblo guarda aún memoria de sus mártires, que tanto sufrieron. Un pueblo de mártires!


Y hoy al principio de esta celebración, he tocado a dos. Lo que les puedo decir es lo que ellos han dicho con su vida, con sus palabras sencillas”.


“Contaban las cosas con una sencillez? pero con mucho dolor. Y nosotros les podemos preguntar: “¿Cómo consiguieron sobrevivir a tanta tribulación?”. Y nos dirán lo que hemos oído en este pasaje de la Segunda Carta a los Corintios: “Dios es Padre misericordioso y Dios de toda consolación. Él nos ha consolado”. Nos lo han dicho con esa sencillez. Han sufrido demasiado. Han sufrido físicamente, psíquicamente y también esa angustia de la incertidumbre: si los iban a fusilar o no, y así vivían, con esa angustia.


Y el Señor los consolaba. Pienso en Pedro, en la cárcel, encadenado, con las cadenas; toda la Iglesia pedía por él. Y el Señor consoló a Pedro. Y a los mártires, y a estos dos que escuchamos hoy, el Señor los consoló porque había gente en la Iglesia, el pueblo de Dios, las viejecitas santas y buenas, tantas religiosas de clausura, que rezaban por ellos. Y éste es el misterio de la Iglesia: cuando la Iglesia pide al Señor que consuele a su pueblo; y el Señor consuela humildemente, incluso a escondidas. Consuela en la intimidad del corazón y consuela con la fortaleza.”


“Ellos ¿estoy seguro? no se enorgullecen de lo que vivieron, porque saben que fue el Señor quien los sostuvo. Pero nos dicen algo. Nos dicen que para nosotros, que hemos sido llamados por el Señor a seguirlo de cerca, la única consolación viene de Él.


Ay de nosotros si buscamos otro consuelo. Ay de los sacerdotes, de los religiosos, de las religiosas, de las novicias, de los consagrados cuando buscan consuelo lejos del Señor.


No quiero “fustigarlos”, hoy, no quiero convertirme en “verdugo”, pero tengan la certeza de que si buscan consuelo en otra parte no serán felices. Más aún: no podrás consolar a nadie porque tu corazón no se abrió al consuelo del Señor. Y acabarás, como dice el gran Elías al pueblo de Israel, “cojeando de dos piernas”.


“Bendito sea Dios Padre, Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios”. Es lo que hicieron estos dos hoy. Humildemente, sin pretensiones, sin orgullo, haciéndonos un servicio: consolarnos.


Nos dicen también: “Somos pecadores, pero el Señor estuvo con nosotros. Éste es el camino. No se desanimen”. Perdonen si les pongo hoy de ejemplo, pero todos debemos ser ejemplo para los demás. Vayamos a casa pensando: hoy hemos tocado a los mártires”.+



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