Las vírgenes consagradas del país se reunieron en Mar del Plata

Mar del Plata (Buenos Aires) (AICA): Con el lema “Juntas en la audacia del Espíritu”, del 11 al 14 de octubre se realizó en la ciudad de Mar del Plata, el Encuentro Nacional del Orden de Vírgenes Consagradas de la Argentina. Participaron más de 70 consagradas provenientes de 30 diócesis del país. El delegado episcopal para la Vida Consagrada y arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Carlos Azpiroz Costa OP, y el vicario general de Mar del Plata, presbítero doctor Luis Albóniga, acompañaron el encuentro.
Con el lema “Juntas en la audacia del Espíritu”, del 11 al 14 de octubre se realizó en la ciudad de Mar del Plata, el Encuentro Nacional del Orden de Vírgenes Consagradas de la Argentina. Participaron más de 70 consagradas provenientes de 30 diócesis del país.

Acompañaron este espacio de encuentro y formación el delegado episcopal para la Vida Consagrada y arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Carlos Azpiroz Costa OP, y el vicario general de Mar del Plata, presbítero doctor Luis Albóniga.

El encuentro tuvo como fin acompañar esta forma de vida consagrada y fortalecer la fraternidad entre las representantes de las diócesis participantes. Se caracterizó por tener un “espíritu sinodal” y se vivieron momentos de oración y formación.

El cronograma general incluyó dos charlas sobre el Ordo Virginum y sobre la nueva Instrucción “Ecclesiae Sponsae Imago”, a cargo de monseñor Azpiroz Costa. Por su parte, el presbítero Albóniga se refirió al carácter profético de la virginidad esponsal materna.

Asimismo, se realizó un Taller Vivencial Vocacional, un rosario iluminado, y un momento de oración integrando espiritualidad y expresión, preparado por las vírgenes consagradas de la diócesis organizadora. Cada jornada fue marcada por el rezo de la Liturgia de las Horas, la adoración eucarística y la participación en la misa.

El origen del Orden de las Vírgenes se remonta a los tiempos apostólicos, es la forma más antigua de consagración femenina, libremente asumida y ofrecida a Dios. Interrumpida durante largos siglos y restaurada a partir del Concilio Vaticano II.

Su carisma consiste en “vivir para Dios, al servicio de la Iglesia, insertas en las realidades temporales, sometidas al trabajo y comprometidas en la construcción de una realidad cultural y social conforme con los valores del Reino”.+

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