Mons. Castagna advierte sobre el drama moderno de la incredulidad

Mons. Castagna advierte sobre el drama moderno de la incredulidad

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, afirmó que “es motivo de reflexión y enseñanza, de pontífices como San Pablo VI y Benedicto XVI, el tema preocupante de la incredulidad y la necesidad de reavivar y actualizar la fe”.

“Algunos postulados del pensamiento contemporáneo cuestionan, hasta negarla, la fe católica”, advirtió en su sugerencia para la homilía dominical.

El prelado consideró que “sus principales promotores, en razón de su gravitación social y cultural, oscilan entre el ateísmo “militante” - pasando por el agnosticismo y el relativismo - hasta la ignorancia religiosa de quienes, aun identificándose como creyentes católicos, no practican la fe que dicen confesar”.

“Es un momento particularmente crítico, que atraviesa a la Iglesia desde su mismo interior”, sostuvo, y agregó: “Es la ocasión de manifestar nuestra fe en la palabra de Jesús y en la misión que le ha encomendado a Pedro, y a quienes lo sucedan legítimamente, como lo es hoy el papa Francisco”.

“Cobran especial actualidad las expresiones del Papa, referidas a su actitud orante para no haya cismas en la Iglesia, pero, humildemente resuelto a no sacrificar la Verdad - confiada a su ministerio - por el temor a que tales cismas se produzcan”, concluyó.

Texto de la sugerencia

1.- La historia de los leprosos que piden ser curados. Jesús siempre enseña, incluso cuando parece quejarse de la descortesía de los beneficiarios de su bondad y misericordia. Es lo que ocurre en esta escena de la curación de los diez leprosos. Quienes eran afectados por esa enfermedad se autoexcluían, de inmediato, de la sociedad a la que pertenecían. Los pobres leprosos vagaban por el desierto e inhóspitos montes, sin socorro alguno, hasta morir. Estos diez leprosos se atrevieron a ir al encuentro de Jesús con la esperanza de ser sanados: “Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lucas 17, 12-13). El deseo de ser curados, inspiró en aquellos enfermos la decisión de romper los rígidos preceptos de su cultura hasta aventurarse a derribar barreras y tender aquel insólito puente de comunicación. Hoy parece que los males físicos, y el peligro de perder biológicamente la vida, son más poderosos que el mal moral o espiritual. Aunque, cuando la crisis personal bordea los márgenes del abismo, se experimenta que - en ciertas ocasiones - el sufrimiento espiritual supera la tenebrosidad de la muerte biológica.

2.- Creyentes e ingratos. Aquellos enfermos creen en Jesús, por eso confían en su poder. No esperan ser curados en el momento y obedecen - por la fe - el mandato del Señor que los encamina hacia el cumplimiento establecido por la ley: “Vayan a presentarse a los sacerdotes. Y en el camino quedaron purificados” (Ibídem 17, 14). Los diez creyeron en Cristo pero, no todos manifestaron su gratitud ante el impresionante prodigio. Creyentes pero no agradecidos. Uno de los diez - un extranjero - regresa a dar gracias: “Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano”. (Ibídem 17, 15-16) El Señor señala el detalle de que la gratitud proviene de un extranjero. En esa ocasión confirma su enseñanza acerca de la fe: “¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino un extranjero? Y agregó: Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. (Ibídem 17, 18-19) El Maestro indica, una vez más, la eficacia extraordinaria de la fe. Ciertamente, la fe se concreta mediante el amor confiado, que halla su expresión en la “acción de gracias”. Los nueve leprosos restantes pierden la oportunidad de ser confirmados como discípulos y amigos de Cristo, el Dios encarnado.

3.- Cristo don del Padre y Pan de Vida. Todo don es fruto del amor del donante. En este caso Dios es el generoso donante de todo, de nosotros mismos como obra suya. Su dadivosidad es puro amor-iniciativa que espera, de nuestro agradecimiento, la aceptación de su amistad. El pecado nos ha dejado una conformación egoísta que nos convierte en “mendigos ingratos”, literariamente fotografiados por el inolvidable León Bloy (1848-1917). Somos unos ingratos con Dios, el Supremo Dador que - en Jesucristo - se hace Don incomparable, amasado en la Cruz y transformado, mediante la Eucaristía, en Pan de Vida. Cuando el Señor anuncia la Eucaristía aclara que “su carne es comida y su sangre es bebida”, y que nadie puede prescindir de ese alimento misterioso ya que del mismo depende la Vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna…” “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida”. (Juan 6, 54-55) No hay otra comida y bebida que su Carne y su Sangre. La ausencia de fe cierra el entendimiento, aún de los ciudadanos más talentosos.

4.- El drama moderno de la incredulidad. Es motivo de reflexión y enseñanza, de Pontífices como San Pablo VI y Benedicto XVI, el tema preocupante de la incredulidad y la necesidad de reavivar y actualizar la fe. Algunos postulados del pensamiento contemporáneo cuestionan, hasta negarla, la fe católica. Sus principales promotores, en razón de su gravitación social y cultural, oscilan entre el ateísmo “militante” - pasando por el agnosticismo y el relativismo - hasta la ignorancia religiosa de quienes, aun identificándose como creyentes católicos, no practican la fe que dicen confesar. Es un momento particularmente crítico, que atraviesa a la Iglesia desde su mismo interior. El Papa Francisco experimenta el peso de su inclaudicable misión de confirmar a sus hermanos en la fe: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto (convertido), confirma a tus hermanos”. (Lucas 22, 31-32) Es la ocasión de manifestar nuestra fe en la palabra de Jesús y en la misión que le ha encomendado a Pedro, y a quienes lo sucedan legítimamente, como lo es hoy Francisco. Cobran especial actualidad las expresiones del Papa, referidas a su actitud orante por que no haya cismas en la Iglesia, pero, humildemente resuelto a no sacrificar la Verdad - confiada a su ministerio - por el temor a que tales cismas se produzcan.+

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