Mensaje del Papa: “Las palabras de la vocación”: agradecimiento, coraje, esfuerzo, alabanza

Mensaje del Papa: “Las palabras de la vocación”: agradecimiento, coraje, esfuerzo, alabanza

“Las palabras de la vocación”, es el título del Mensaje que el papa Francisco dio a conocer hoy, con ocasión de la 57º Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que este año se celebra el próximo 3 de mayo.

Agradecimiento, coraje, esfuerzo, alabanza: estas son las palabras que el Santo Padre subraya en su mensaje centrando su reflexión en la página del Evangelio en la que Jesús camina sobre aguas tormentosas y en su orden “el viento cesa y las olas se calman”.

La imagen del tormentoso cruce del lago Tiberíades, después de que Jesús había ordenado a su gente que abordara el bote y lo precediera en la otra orilla, “de alguna manera evoca el viaje de nuestra existencia”, escribe Francisco y explica:

“El bote de nuestra vida, de hecho, avanza lentamente, siempre inquieto porque busca un lugar de desembarco feliz, listo para enfrentar los riesgos y oportunidades del mar, pero también ansioso por recibir una táctica del timonel que finalmente lo conducirá al rumbo correcto. A veces, sin embargo, puede perderse, quedar deslumbrado por las ilusiones en lugar de seguir el faro que la lleva al puerto seguro, o ser desafiada por los vientos contrarios de dificultades, dudas y temores”.

Es la experiencia de los discípulos mismos que cuando siguen a Jesús tienen que decidir abandonar su seguridad y emprender el cruce. No es una decisión fácil porque “llega la noche, sopla el viento opuesto” y se siente el “miedo de no hacerlo y no estar a la altura de la llamada”. Pero como dice el Evangelio, no estamos solos en este viaje. El Señor llega a los discípulos, “se sube al bote y hace que el viento se detenga”. Para esto, la primera palabra elegida por el Papa Francisco es gratitud y escribe:

La realización de nosotros mismos y nuestros planes de vida no es el resultado matemático de lo que decidimos dentro de un “yo” aislado; por el contrario, es sobre todo la respuesta a una llamada que nos llega desde arriba. Es el Señor quien nos muestra la orilla para ir y quien, antes de eso, nos da el coraje para subirnos al bote; es él quien, mientras nos llama, también se convierte en nuestro timonel para acompañarnos.

La primera reacción de los discípulos en el bote, cuando Jesús va a su encuentro, es miedo, continúa el Papa, piensan que es un fantasma, pero Jesús los insta a tener “coraje”. Es la segunda palabra de las vocaciones y el Papa explica que lo que a menudo nos paraliza son los fantasmas dentro de nosotros. Y da un ejemplo:

Cuando se nos llama a salir de nuestra orilla a salvo y adoptar un estado de vida, como el matrimonio, el sacerdocio ordenado, la vida consagrada, la primera reacción a menudo está representada por el “fantasma de la incredulidad”: no es posible que esta vocación sea para me; ¿Es esta realmente la forma correcta? ¿El Señor me pregunta esto?

Así que estamos atrapados en “justificaciones” y “cálculos que nos hacen perder ímpetu”, creemos que estábamos equivocados. “Casarse o consagrarse de una manera especial a su servicio requiere coraje”, escribe Francisco y el Señor lo sabe. Por esta razón nos dice: “No tengas miedo, ¡estoy contigo!”.

Mantén tus ojos en Jesús

“Toda vocación implica un compromiso”, escribe Francisco nuevamente, así que aquí está la tercera palabra, “fatiga”. Pero advierte: “Si nos dejamos abrumar por el pensamiento de responsabilidades” o de posibles dificultades futuras, entonces “nos arriesgaremos a hundirnos”. En cambio, manteniendo nuestros ojos en Jesús, podemos continuar:

De hecho, él extiende su mano cuando, debido al cansancio o al miedo, corremos el riesgo de hundirnos, y nos da el impulso necesario para vivir nuestra vocación con alegría y entusiasmo.

Conozco tu esfuerzo
El Papa vuelve a la imagen de Jesús en medio de la tormenta para reiterar que incluso “en nuestras vidas y en la agitación de la historia”, el Señor trabaja y nos salva y continúa:

Pienso en aquellos que asumen deberes importantes en la sociedad civil, en los cónyuges a quienes no me gusta llamar por casualidad “los valientes”, y especialmente en aquellos que abrazan la vida consagrada y el sacerdocio. Conozco tu fatiga, las soledades que a veces pesan en tu corazón, el riesgo de un hábito que extingue lentamente el fuego ardiente de la llamada, la carga de la incertidumbre y la precariedad de nuestros tiempos, el miedo al futuro. ¡Ánimo, no tengas miedo!

Alabado sea Dios porque nos salva
Jesús extiende su mano y nos salva. La cuarta y última palabra 'alabanza' es, por lo tanto, una consecuencia. Una actitud de la cual María es maestra, que “agradecida por la mirada de Dios” sobre ella, viviendo solo con fe “ha hecho de su vida una canción eterna de alabanza al Señor”. Francisco concluye invitando a toda la Iglesia a tomar este mismo camino para que cada uno de nosotros pueda descubrir y aceptar el llamado de Dios y “ofrecer la propia vida como una canción de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero”. +

Mensaje del Santo Padre
Las palabras de la vocación

Queridos hermanos y hermanas:

El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios.

En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).

Después de la multiplicación de los panes, que había entusiasmado a la multitud, Jesús ordenó a los suyos que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. La imagen de esta travesía en el lago evoca de algún modo el viaje de nuestra existencia. En efecto, la barca de nuestra vida avanza lentamente, siempre inquieta porque busca un feliz desembarco, dispuesta para afrontar los riesgos y las oportunidades del mar, aunque también anhela recibir del timonel un cambio de dirección que la ponga finalmente en el rumbo adecuado. Pero, a veces puede perderse, puede dejarse encandilar por ilusiones en lugar de seguir el faro luminoso que la conduce al puerto seguro, o ser desafiada por los vientos contrarios de las dificultades, de las dudas y de los temores.

También sucede así en el corazón de los discípulos. Ellos, que están llamados a seguir al Maestro de Nazaret, deben decidirse a pasar a la otra orilla, apostando valientemente por abandonar sus propias seguridades e ir tras las huellas del Señor. Esta aventura no es pacífica: llega la noche, sopla el viento contrario, la barca es sacudida por las olas, y el miedo de no lograrlo y de no estar a la altura de la llamada amenaza con hundirlos.

Pero el Evangelio nos dice que, en la aventura de este viaje difícil, no estamos solos. El Señor, casi anticipando la aurora en medio de la noche, caminó sobre las aguas agitadas y alcanzó a los discípulos, invitó a Pedro a ir a su encuentro sobre las aguas, lo salvó cuando lo vio hundirse y, finalmente, subió a la barca e hizo calmar el viento.

Así pues, la primera palabra de la vocación es gratitud. Navegar en la dirección correcta no es una tarea confiada sólo a nuestros propios esfuerzos, ni depende solamente de las rutas que nosotros escojamos. Nuestra realización personal y nuestros proyectos de vida no son el resultado matemático de lo que decidimos dentro de un “yo” aislado; al contrario, son ante todo la respuesta a una llamada que viene de lo alto. Es el Señor quien nos concede en primer lugar la valentía para subirnos a la barca y nos indica la orilla hacia la que debemos dirigirnos. Es Él quien, cuando nos llama, se convierte también en nuestro timonel para acompañarnos, mostrarnos la dirección, impedir que nos quedemos varados en los escollos de la indecisión y hacernos capaces de caminar incluso sobre las aguas agitadas.

Toda vocación nace de la mirada amorosa con la que el Señor vino a nuestro encuentro, quizá justo cuando nuestra barca estaba siendo sacudida en medio de la tempestad. «La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019); por eso, llegaremos a descubrirla y a abrazarla cuando nuestro corazón se abra a la gratitud y sepa acoger el paso de Dios en nuestra vida.

Cuando los discípulos vieron que Jesús se acercaba caminando sobre las aguas, pensaron que se trataba de un fantasma y tuvieron miedo. Pero enseguida Jesús los tranquilizó con una palabra que siempre debe acompañar nuestra vida y nuestro camino vocacional: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Esta es precisamente la segunda palabra que deseo daros: ánimo.

Lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón. Cuando estamos llamados a dejar nuestra orilla segura y abrazar un estado de vida —como el matrimonio, el orden sacerdotal, la vida consagrada—, la primera reacción la representa frecuentemente el “fantasma de la incredulidad”: No es posible que esta vocación sea para mí; ¿será realmente el camino acertado? ¿El Señor me pide esto justo a mí?

Y, poco a poco, crecen en nosotros todos esos argumentos, justificaciones y cálculos que nos hacen perder el impulso, que nos confunden y nos dejan paralizados en el punto de partida: creemos que nos equivocamos, que no estamos a la altura, que simplemente vimos un fantasma que tenemos que ahuyentar.

El Señor sabe que una opción fundamental de vida —como la de casarse o consagrarse de manera especial a su servicio— requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: “No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!”. La fe en su presencia, que nos viene al encuentro y nos acompaña, aun cuando el mar está agitado, nos libera de esa acedia que ya tuve la oportunidad de definir como «tristeza dulzona» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019), es decir, ese desaliento interior que nos bloquea y no nos deja gustar la belleza de la vocación.

En la Carta a los sacerdotes hablé también del dolor, pero aquí quisiera traducir de otro modo esta palabra y referirme a la fatiga. Toda vocación implica un compromiso. El Señor nos llama porque quiere que seamos como Pedro, capaces de “caminar sobre las aguas”, es decir, que tomemos las riendas de nuestra vida para ponerla al servicio del Evangelio, en los modos concretos y cotidianos que Él nos muestra, y especialmente en las distintas formas de vocación laical, presbiteral y de vida consagrada. Pero nosotros somos como el Apóstol: tenemos deseo y empuje, aunque, al mismo tiempo, estamos marcados por debilidades y temores.

Si dejamos que nos abrume la idea de la responsabilidad que nos espera —en la vida matrimonial o en el ministerio sacerdotal— o las adversidades que se presentarán, entonces apartaremos la mirada de Jesús rápidamente y, como Pedro, correremos el riesgo de hundirnos. Al contrario, a pesar de nuestras fragilidades y carencias, la fe nos permite caminar al encuentro del Señor resucitado y también vencer las tempestades. En efecto, Él nos tiende la mano cuando el cansancio o el miedo amenazan con hundirnos, y nos da el impulso necesario para vivir nuestra vocación con alegría y entusiasmo.

Finalmente, cuando Jesús subió a la barca, el viento cesó y las olas se calmaron. Es una hermosa imagen de lo que el Señor obra en nuestra vida y en los tumultos de la historia, de manera especial cuando atravesamos la tempestad: Él ordena que los vientos contrarios cesen y que las fuerzas del mal, del miedo y de la resignación no tengan más poder sobre nosotros.

En la vocación específica que estamos llamados a vivir, estos vientos pueden agotarnos. Pienso en los que asumen tareas importantes en la sociedad civil, en los esposos que —no sin razón— me gusta llamar “los valientes”, y especialmente en quienes abrazan la vida consagrada y el sacerdocio. Conozco vuestras fatigas, las soledades que a veces abruman vuestro corazón, el riesgo de la rutina que poco a poco apaga el fuego ardiente de la llamada, el peso de la incertidumbre y de la precariedad de nuestro tiempo, el miedo al futuro. Ánimo, ¡no tengáis miedo! Jesús está a nuestro lado y, si lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, Él nos tiende la mano y nos sujeta para salvarnos.

Y entonces, aun en medio del oleaje, nuestra vida se abre a la alabanza. Esta es la última palabra de la vocación, y quiere ser también una invitación a cultivar la actitud interior de la Bienaventurada Virgen María. Ella, agradecida por la mirada que Dios le dirigió, abandonó con fe sus miedos y su turbación, abrazó con valentía la llamada e hizo de su vida un eterno canto de alabanza al Señor.

Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.

Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma.

Francisco

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