Mons. Scheinig: "El Señor está vivo y nosotros estamos vivos con Él"

Mons. Scheinig: "El Señor está vivo y nosotros estamos vivos con Él"

El arzobispo de Mercedes-Luján presidió el 12 de abril en la basílica y santuario nacional de Nuestra Señora de Luján la misa del domingo de Resurrección.

En su homilía, el prelado repasó la vida pública de Jesús, desde su bautismo en el Jordán, su tiempo en el desierto y su predicación “llena de Dios”. Jesús habla de Dios “porque lo conoce profundamente y dice que es un Padre lleno de misericordia, lleno de ternura”, recordó el arzobispo. “Jesús habla del Padre con autoridad. Lo que dice de Dios empieza a molestar, su forma de hablar de Dios, su predicación, molesta a las autoridades religiosas que creían en Dios, pero posiblemente no lo conocían como lo conocía Jesús”.

“Pero además Jesús empieza a predicar el Reino”, señaló. “Jesús habla del Padre y de un proyecto que el Padre tiene para el mundo, para la historia. Un proyecto que él lo llama Reino. Es como una semilla chiquita pero que va creciendo. Es como la levadura en la masa que fermenta, o como una perla, o como un tesoro escondido que cuando uno lo encuentra lo compromete, se queda impactado, le cambia la vida”, afirmó monseñor Scheinig. El Padre, dice Jesús, “tiene algo para el mundo, para que el mundo sea distinto. Jesús tiene un mensaje fuerte, distinto. Un mensaje que no se da sólo en los templos, se da en la calle, entre la gente”.

“Jesús no sólo hablaba del Reino, sino que lo hacía, poniendo al hombre de pie, poniendo a las mujeres de pie, sanando la vida, devolviendo el sentido de la vida”, aseguró, y destacó: “Tenía comunidades que caminaban con Él, Jesús había hecho una escuela de vida”.

En Semana Santa, indicó monseñor Scheinig, celebramos lo que significó Jerusalén en la vida de Jesús: “El domingo que lo reciben, ‘Hosanna al Hijo de David, sálvanos’; Jesús que cena con sus amigos, sus apóstoles; la traición de su amigo Judas, uno de los doce; enseguida lo llevan preso, las autoridades públicas que se lavan las manos, el Sanedrín, las autoridades religiosas, que lo condenan; el pueblo, algunos del pueblo, que dicen: ‘Crucifícalo’. Lo juzgan, lo condenan, lo torturan, le cargan una cruz, y en las afueras de la ciudad, -porque así trataban a los que eran considerados malditos-, es decir, abandonados de todos y también de Dios, lo crucifican. Muere en la Cruz. Y hay personas que lo ven morir en la Cruz. No es que se durmió, murió en la Cruz. Lo bajan de la cruz. Lo llevan a un sepulcro nuevo, lo depositan en el sepulcro, cierran el sepulcro y toda su comunidad, todos sus discípulos, entran en una desazón, en una desesperanza no menor”, recordó.

Y en referencia al Evangelio del Domingo, reflexionó sobre los dos discípulos que caminaban desanimados porque con ese amigo muerto, se moría con él “la Vida nueva que Él había traído, el proyecto de Reino, el Padre Dios. Con Él se moría no solamente una persona, sino todo lo que Él significaba”.

“En ese caminar lleno de angustia, desesperanza y tristeza, nos dice el evangelista Lucas que al lado se pone a caminar Jesús y no lo reconocen. Jesús los escucha y les dice: ‘¿Ustedes no escucharon que en las Escrituras se decía que el Mesías debía sufrir?’ Y empieza a hablar con ellos de cosas conocidas. Ellos relatan que adentro suyo empezaron a sentir algo como un calor, como un fuego, algo les pasaba adentro escuchando a Jesús. Pero terminado el camino ya tarde, lo invitan a comer a este peregrino y ahí Jesús realiza el signo de partir el pan, el signo que es identidad nuestra cristiana”.

“Lo que hacemos incluso a través de los medios, no podemos dejar de hacerlo, porque esto es nuestra identidad. La Cena del Señor es lo que nos identifica como discípulos suyos y ahí lo reconocen. Entonces se dan cuenta que Jesús está Vivo. Y vivo Jesús renace la esperanza. Pero la esperanza no es un sentimiento. La esperanza es que lo Jesús vino a traer es posible, es realidad. Que el Padre está y que el Reino tiene sentido seguir luchándolo. Ellos mismos se convierten en apóstoles y salen a encontrarse con otros discípulos a decirles ‘Lo vimos, estuvimos con Él, cenamos con él’. Y los otros le dicen, ‘nosotros también lo vimos’”.

“¿Qué celebramos hoy, queridas hermanas, queridos hermanos? Que Jesús pasó de la muerte de la Vida y que lo Él vino a traer al mundo arde, está vivo, no está muerto”.

“Y que las circunstancias de la vida que nos tocan vivir hoy, en este tiempo, en este siglo, en este momento de la historia y las distintas circunstancias que vive el mundo en estos 2.000 años de historia después de Cristo, han encontrado a las cristianas y a los cristianos de todos los tiempos, frente a la posibilidad de la desesperanza o de la esperanza. En las circunstancias que nos tocan vivir, nuestra decisión es: ¿nos dejamos abrumar o seguimos confiando en Jesús?”, planteó.

“Para nosotros la esperanza no se hace solamente cuando las cosas van bien. Por eso tiene mucho sentido celebrar la Pascua en este tiempo difícil, de desconcierto”, consideró. Con la fracción del pan, experimentamos “que Él está vivo, y si Él está vivo, está vivo el proyecto de Dios, la solidaridad, la fraternidad. Y nos tendremos que arremangar más los pantalones, apretar más el cinto, tendremos que tener más fuerza interior, sacarla de donde muchas veces no la tenemos. Pero nosotros seguimos apostando al proyecto de Jesús”, afirmó.

“Él está vivo. Nosotros estamos vivos. Los invito en esta Pascua a renovar la confianza en el Señor. No bajemos los brazos. Dejemos que el Señor nos levante. Los invito de todo corazón a celebrar que el Señor está Vivo y nosotros estamos vivos con Él”, concluyó.+

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