Mons. Aguer advirtió sobre la “lacra” de los desencuentros, la violencia y la difusión de la droga

Mons. Aguer advirtió sobre la “lacra” de los desencuentros, la violencia y la difusión de la droga




La Plata (Buenos Aires) (AICA): Al presidir hoy la acción de gracias en la catedral por el 131º aniversario de la fundación de la ciudad de La Plata, el arzobispo local, monseñor Héctor Aguer, advirtió que “en la ciudad contemporánea –y digamos, más concretamente, en la Argentina de hoy– se hacen sentir dolorosamente defectos, carencias, verdades lacras: la agresividad descontrolada, la violencia, en un contexto más amplio de discordia, de dificultad creciente para la escucha recíproca, el diálogo y la búsqueda de consensos; los atentados contra la vida y la dignidad humana en la trata de personas, la difusión de la droga, el abandono en la marginalidad y las disimuladas formas de explotación”. “Son males reales que proceden del extravío de la libertad, de la ausencia de solidaridad, de la pérdida del sentido de la vecindad, de ‘projimidad’; no son fenómenos fatales de la naturaleza”, aseveró.

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, presidió hoy la acción de gracias en la catedral local por el 131º aniversario de la fundación de la ciudad de La Plata, a la que asistieron funcionarios y autoridades comunales, entre ellas el intendente platense Pablo Bruera.

El prelado destacó que el evangelio recuerda que “además de otorgar una valoración positiva a las realidades temporales, a la organización política de la sociedad, al papel del Estado, a lo que es del César, debemos reconocer el carácter provisional de todo eso y su referencia última al Señor, fuente de toda autoridad, y a su Reino, que ya está inaugurado y que avanza a través de la historia”.


“Le damos a Dios lo que le pertenece y corresponde en nuestra profesión de fe y en nuestra oración de acción de gracias, que alaba y bendice a su adorable Providencia”, subrayó.


Monseñor Aguer aseguró que “los platenses, tanto los nativos como quienes lo somos por adopción, admiramos con toda razón a nuestra ciudad, en la cual se concretó con ingenio superior y con pujanza un proyecto de excelencia. La generación fundadora y quienes continuaron la obra –una ciudad nunca está terminada, es una realidad viva que se perfecciona o decae– nos han transmitido una herencia preciosa”.


“Fue aquel de la implantación de La Plata un designio político que tuvo una maravillosa realización urbanística, dotada de obras arquitectónicas que son objeto permanente de atracción y sorprendido agrado. Para mencionar sólo una de ellas, digamos que mucha gente viene a La Plata atraída por la fama de belleza de esta catedral”, agregó.


Asimismo, señaló que “una ciudad es mucho más que la materialidad de su traza, sus edificios, su historia, que puede estar cargada de sucesos relevantes. En una teoría de la ciudad no se soslayan los capítulos referidos al soporte territorial, el enfoque propio de la antropología cultural, los aspectos institucionales y socio-políticos, pero en puridad hay que decir que lo que define a una ciudad es la comunidad que habita en ella y el conjunto de bienes compartidos que sus habitantes reconocen como su propio bien común. En esto cifra, precisamente, la identidad de una ciudad”.


Estimó necesario que la ciudad “no se quede en el tiempo, es decir, progresar de veras, permaneciendo en su identidad, afianzándola. La cuestión podría formularse así: cómo seguir siendo, cómo ser cada vez mejor una comunidad de vecinos”, y admitió que en toda ciudad, la mala vecindad ha existido siempre.


Monseñor Aguer advirtió que “en la ciudad contemporánea –y digamos, más concretamente, en la Argentina de hoy– se hacen sentir dolorosamente defectos, carencias, verdades lacras: la agresividad descontrolada, la violencia, en un contexto más amplio de discordia, de dificultad creciente para la escucha recíproca, el diálogo y la búsqueda de consensos; los atentados contra la vida y la dignidad humana en la trata de personas, la difusión de la droga, el abandono en la marginalidad y las disimuladas formas de explotación”.


“Son males reales que proceden del extravío de la libertad, de la ausencia de solidaridad, de la pérdida del sentido de la vecindad, de ‘projimidad’; no son fenómenos fatales de la naturaleza”, aseveró.


Tras recordar que “La Plata ha sufrido este año la calamidad de la inundación, cuyos efectos se hacen sentir todavía penosamente”, aseguró que “muchos se interrogan acerca de las responsabilidades crónicas que han determinado la falta de preparación de la estructura urbana para soportar sin graves daños una lluvia copiosa”.


Monseñor Aguer destacó, sin embargo, que “reconforta considerar la manifestación espontánea de vecindad de tantas personas e instituciones que de inmediato se dispusieron a ayudar” y afirmó que “esa reacción fue un síntoma de buena salud social”, pero sostuvo que “no hay que esperar otro diluvio”.


“Todos, autoridades, instituciones de la sociedad civil, vecinos –sin más– todos debemos empeñarnos en el bien permanente de la ciudad, que es nuestro bien común. En la preocupación por las necesidades comunes, en la participación para encaminar soluciones, se ejerce la ciudadanía, la condición de quienes no sólo viven amontonados e ignorándose en una ciudad que puede albergar a cientos de miles, sino que moran, habitan vecinalmente, como verdaderos ciudadanos. En este primer nivel se ensaya y ejerce la participación política auténtica. Recordemos, de paso, que política viene de pólis, que en griego significa ciudad”, indicó.


Por último, monseñor Aguer afirmó que “la dimensión religiosa de la ciudad es insoslayable, como lo demuestran los estudios sobre el origen de la concentración urbana y su desarrollo histórico. En el caso de La Plata el signo por excelencia es esta catedral, pensada y erigida en el corazón de la ciudad”, y destacó en este sentido que por eso en el aniversario de su fundación, “nos reunimos aquí para dar a Dios lo que es de Dios, reconociendo que de la referencia a Él brota la posibilidad efectiva de redención de la ciudad, del rescate de su auténtica identidad. Al darle gracias le pedimos nos ayude a ser buenos vecinos, buenos ciudadanos; actualizamos en nuestro dificultoso y a la vez apasionante presente, lo que se hizo en este recinto en el tedéum de tantos aniversarios”.+


Texto completo de la homilía



12:48
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