Mons. Castagna: “Para ver a Dios tenemos que mirar a Cristo”

Mons. Castagna: “Para ver a Dios tenemos que mirar a Cristo”




Corrientes (AICA): En su habitual comentario en el que sugiere ideas para la homilía dominical, el arzobispo emérito de Corrientes Mons. Domingo Castagna se explaya sobre el texto de San Juan, que se leerá en todas las misas del próximo domingo, 18 de mayo, V domingo de Pascua. El pasaje es aquel en el que Jesús, respondiendo al requerimiento de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre”, efectúa la revelación del Padre: “El que me ha visto ha visto al Padre… yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. Y al cuestionamiento de Tomás acerca de que no conoce el camino para ir al lugar adonde va Jesús, le muestra el camino hacia el Padre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

En su habitual comentario en el que sugiere ideas para la homilía dominical, el arzobispo emérito de Corrientes monseñor Domingo Salvador Castagna se explaya sobre el texto de San Juan, que se leerá en todas las misas del próximo domingo, 18 de mayo, V domingo de Pascua.

El pasaje es aquel en el que Jesús, respondiendo al requerimiento de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre”, efectúa la revelación del Padre: “El que me ha visto ha visto al Padre… yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.


Y al cuestionamiento de Tomás acerca de que no conoce el camino para ir al lugar adonde va Jesús, le muestra el camino hacia el Padre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.


Texto de la homilía-sugerencia


Cristo es el Camino a la Verdad y a la Vida

Volvemos a colocar en el centro de nuestra atención a Quien está en el centro de la intención de Dios. Durante este tiempo fue Cristo la constante idea que invadió nuestro pensamiento. Cuando explica a sus discípulos que otra sería la habitación que ocuparían, más allá de este tiempo escurridizo, no puede evitar la pregunta de Tomás. Jesús está abocado a la prolija tarea de prepararles un lugar definitivo. Para ello dice que emprenderá un misterioso viaje, del que regresará para llevarlos consigo. Tomás representa al hombre corriente, impregnado culturalmente por el racionalismo y la incredulidad. El incrédulo honesto pregunta para saber, no para poner a prueba a quien dirige la pregunta. En devolución recibe la Verdad que busca. Cristo es el Camino, es la Verdad hacia la que, como camino, orienta a quien está ansioso por hallarla. Así lo declara, con sus maneras simples y directas: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí". Su presencia adquiere una relevancia única entre los esfuerzos científicos y técnicos que se destacan hoy. Es Quien otorga sentido a todo lo que no parece tenerlo. Sin Él, todo pierde trascendencia y acaba en el vacío del "no saber para qué".


Para ver a Dios tenemos que mirar a Cristo

Es preciso oirlo y contemplarlo. Se lo oye en la Escritura Santa, se lo contempla en las imágenes visibles que Él mismo ha seleccionado para ser escuchado y visto. Para identificarlo se requiere el don de la fe. Es como una nueva capacidad visual, que habilita para comprender que lo oído y visto es un velo de la realidad "consistente", aunque oculta. Aunque no entendamos qué sea Él, por la fe sabemos con certeza que es Él. La fe nos transmite esa seguridad, que sobrepasa toda humana intelección. En el mismo texto se relata la escena del pedido ansioso de Felipe. Constituye como la natural consecuencia de las reiteradas menciones de Jesús referidas al Padre. Tanto lo ama y obedece que despierta el interés de saber quién es el Padre, para llevar la propia relación del discípulo a la imitación de su Maestro, el Hijo. Felipe estima que, logrado ese conocimiento, la búsqueda suya y de sus condiscípulos llega a su feliz término: "Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". La respuesta se produce de inmediato. En ella se advierten la sorpresa y la amonestación, al mismo tiempo, la serena revelación de que el Padre se está manifestando ante sus ojos, necesitados aún de la visión sobrenatural de la fe.


La popularización del dolor

Felipe es cada persona que busca, sin saber qué está buscando. Las penas espirituales, soterradas bajo una montaña de elementos distractivos, se desnudan en ocasiones dramáticas de particular intensidad. Los medios de comunicación han popularizado el sufrimiento en las víctimas de todo tipo de violencia. Toda honesta información, aunque sea dolorosa, es positiva y saludable. A veces se exageran los tonos y se deforman los hechos, de por sí angustiantes, por motivos ideológicos y económicos. Es importante la interpretación o hermenéutica de dichos hechos. La sobrecarga de lecturas anula la natural capacidad de sacar personales conclusiones. La forma de transmitir la información debiera constituirse en auténtica formadora de la conciencia popular. No parece ser así. Como el joven necesita la escuela y la universidad, el pueblo -lector y espectador- necesita medios de comunicación que respeten su inteligencia y contribuyan a su cultivo. Repito, con dolor, "no parece ser así", la gente ya no sabe qué pensar al escuchar tan contradictorias opiniones y al recibir un bombardeo de verdades "absolutas" que intentan monopolizar la conciencia popular. La versión única y oficial de los hechos atenta contra la verdad de los hechos.


La mentira es un atentado contra la verdad

Todo lo que atenta contra la verdad acaba erigiendo la mentira como regidora soberana de las leyes y de las decisiones más trascendentes de un pueblo. De esa manera, el pueblo que la padece, se ve obligado a cruzar obstáculos graves, hasta humanamente insalvables. Si quienes lo conducen están empeñados en borrar de su bagaje cultural los valores que acuden en su auxilio, como los religiosos, su panorama se ensombrece más aún. Más allá de un credo determinado está el misterio del hombre, creado por Dios y redimido por Cristo. Es un desafío hallar el lenguaje universalmente adecuado que exprese, para todas las culturas y religiones, la relación que establece Dios con los hombres para manifestarles su amor. La exactitud expresiva de ese lenguaje está en el Evangelio. Dios mismo ha elegido esa misteriosa economía de redención humana. Se ha hecho cargo personalmente de la maltrecha naturaleza humana y la ha reconducido a su original bondad y santidad. Ese Dios encarnado ha creado su Sacramento a través del cual mantiene su Palabra de Vida y, como "Pan bajado del cielo", ofrece su propia carne glorificada como alimento vital.+



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